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30DIC2001

ALISTE// JOSE LUIS DIEZ PEREZ, Naturista y nieto del curandero Simón, de San Cristóbal: «Mi abuelo fue el mayor experto en la cura con remedios herbales»

URL: http://www.laopiniondezamora.es
– ¿Cual fue su historia como estudiante? – Dispersa por Andoaín, Aluche, Zamora, Salamanca, Madrid, Zaragoza y Pekín. Uno nunca termina de estudiar y de aprender. Colegio, Instituto y Universidad son sólo el comienzo. Es cierto aquello de cuanto más te adentras en el conocimiento más consciente eres de lo que te falta por saber.

– ¿Qué caminos a seguido para convertirse en curandero? – La convivencia con mi abuelo Simón, la práctica diaria con mi padre, el encuentro con la Universidad, el ejercicio de ese encuentro y lo que queda de camino.

– ¿Acaso son los jóvenes más reacios que los mayores a la popular medicina natural? – Creo que existe un acercamiento de los jóvenes al mundo de las plantas, está un poco de moda, con las ventajas e inconvenientes que traen las modas. Los jóvenes, sin animo de generalizar, son reacios sobre todo a la medicina preventiva, creo que debido a que la propia juventud mantiene una inquietante ilusión de fortaleza. La vejez queda lejos y parece que los achaques sólo le ocurren a los demás. Hace tiempo que no existe, si es que existió alguna vez, una educación para la salud. Sería interesante incluir en los planes de estudio el conocimiento de las funciones corporales, así como tratamientos elementales y básicos. El no delegar en otro la atención de la propia salud en determinadas afecciones nos reconfortaría un poco más con nosotros mismos y creo que nos haría más libres.

– Estudios de psicología, sexología, medicina y naturismo... ¿por qué? – He sido el primero de la familia en tener la posibilidad de ir a la Universidad y siempre me ha llamado más la atención el hecho de poder estudiar que el de que estudiar. Pertenezco a una gruesa generación de jóvenes que han hecho realidad el sueño de muchos padres: el tener estudios. Con el tiempo queda la satisfacción de haber aprovechado el tiempo de disfrutar del momento y de la vida. Ahora puedo decir que la práctica diaria y la formación académica me han permitido ir dando cuenta de cierta realidad del hombre. Dentro de las ciencias de la salud se trata de comprender al hombre dentro de un modelo biopsicosocial, es decir, una compresión global de la persona, considerando su desarrollo biológico, sus procesos mentales y su interrelación con el entorno.

– Muchos campos.

– La ciencia psicológica estudia los procesos de pensamiento y los comportamientos asociados a esos procesos. La ciencia sexológica ahonda en el sexo, no en hacer el sexo, sino en el ser sexo hombre o mujer, desde el momento de la fecundación pasando por el desarrollo embrionario y hasta llegar a los múltiples matices sociales de los masculino y femenino. El encuentro entre conciencias sexuadas determina a mi modo de ver la convivencia social. Desde la ciencia médica, el enfoque naturista parte de unas premisas sencillas y básicas como la capacidad reflexiva del organismo para reponerse a las mermas de la salud y la previsión de daños inncesarios.

– ¿Recientemente ha abierto tu propia consulta en la capital de España? – Así es, los lunes y los martes comparto un gabinete de psicología en la calle Goya. De momento alterno las consultas con Zamora donde estoy los miércoles y los jueves. También colaboro con la clínica ginecológica Galena en aspectos psicológicos, de terapia sexual y de pareja. Mi consulta esta dirigida principalmente a cuestiones relacionadas con el dolor oseo y articular, desde la llamada manquera hasta los problemas de salud de diversa índole; procuro cambiar la visión tradicional con los avances, allí donde realmente los hay, de la ciencia.

– ¿De que lugares llegan sus pacientes? – En Madrid, aparte de zamoranos y madrileños, gente de Guadalajara, Ciudad Real y Toledo e incluso, cosas del pañuelo planetario, emigrantes sudamericanos y del Este.

– ¿No se ha perdido un poco la relación entre el curandero y las manqueras? – Si. Sobre todo en la gran ciudad el curandero se tiende a asociar con lo mágico y lo esotérico, prescindiendo del significado que el curandero siempre tuvo en estas tierras: el de componedor de huesos y procurador de remedios naturales.

– Sus antepasados son curanderos ¿Cómo han entendido ellos la salud? – Tanto mi padre Benito, como mi abuelo Simón, de una manera consciente o inconsciente han llegado a manejar el dolor y el sufrimiento casi como sinónimos. Entiendo que la significación de una dolencia para el paciente es difícilmente cuantificable en términos fisiológicos. A veces mayormente se utilizaba el alivio y escasas veces la curación, quizás entendiendo esta última como una competencia más próxima al paciente que a su potencial cuidador Comparto con ellos esa visión de la salud: los profesionales de la medicina son mediadores entre el dolor y el alivio, pero la cura es un logro del paciente.

– ¿Qué recuerdos tiene de Aliste? – Casi todos están referidos a las largas temporadas que pasaba y paso con mi familia tanto en San Cristobal como en Fresno de la Carballeda. Mis recuerdos son ocres, azules y verdes: los muros de piedra cercando la tierra; el cielo, tan transparente, presente y gigantesco, y el temporal contraste del trigo recién brotado tras la matanza de diciembre; con el trigo acarreado, en muchos casos por animales, en las vísperas de Santiago. Recuerdo el picor de la hierba recién segada y también la llamada de las vacas a la vacada. Aún siguen las campanas pero no las vacas.

– Mirar al pasado a veces resulta triste.

– Efectivamente. El recuerdo más duro lo tengo de Fresno. El embalse de Valparaíso inundó muchos de los lugares de mi infancia. Aprendí pronto lo que supone y cuesta sentir un reconfortante chorro de agua caliente sobre la espalda: el río Tera dejó de ser un paraíso de agua para ser una corriente eléctrica; cosas del bienestar y del progreso. Mi familia materna, las truchas de la alameda y de la sierra del Tera, la fiesta de San Bartolo. Un pueblo como tantos, despoblado en invierno e inundado en agosto de jóvenes que un día emigraron y que vuelven con sus padres o ancianos. Incluso recuerdo un matadero, la última industria desaparecida hace veinte años. El olor a cerdo chamuscado y el rabo como premio a los rapaces que jugábamos a intentar ayudar en los quehaceres del experto carnicero.


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