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28OCT2012

LOS CINCUENTAS AÑOS DE MATRIMONIO

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Escrito por D.F.F.

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TAGS: CuriosidadesLugares
01SEP2012

ENCUENTRO

Así como los hechos reales se olvidan, también algunos que nunca fueron pueden estar en los recuerdos como si hubieran sido. Gabriel García Márquez. (Premiado en el concurso de Relatos cortos de la Universidad de la Experiencia de la Fundación Vargas Zuñiga)

     Aquél fue un día raro. Gentes  provenientes de todo el país, incluso del extranjero, todos hijos de la Villa, se reencontraban en la plaza, aunque ninguno sabía cuál era la razón de su venida. Algunos  no habían vuelto al pueblo desde pequeños, eran los hijos de funcionarios que se fueron allá donde los  destinos de sus progenitores los habían llevado. Pero los más  eran indígenas, hijos de padres y abuelos indígenas, o sea, lugareños lígrimos que habían tenido que emigrar buscando una vida mejor. Todos se saludaban con afecto: ¡Hombre, Agustín, que haces  por aquí, cuánto tiempo sir vernos! ¡Que tal Felipe, veo que vienes con todos! ¡Hola María, hora era ya de que conociéramos a tu marido! ¡Jacinto, que grandes están tus hijos, que bien  que  trajeras  a la familia  al pueblo! Muchos  se sorprendían al verse después de tanto tiempo. Abrazos, besos, apretones de mano y gestos familiares de cariño se repetían en todos los encuentros. La plaza presentaba un aspecto nuevo, distinto, hervía de gente bulliciosa que exteriorizaba a gritos la felicidad  y la sorpresa del retorno,  llena de   coches y  autobuses en los que se habían trasladado quienes a la localidad llegaban.

     Después de los saludos fueron las preguntas. Estas   eran las que se repetían en todas las bocas: ¿Vosotros también? ¿A qué habéis venido? ¿Que hacéis aquí?. El que hacía la pregunta, ya al hacerla, inmediatamente se daba cuenta de que tampoco él tenía respuesta.  Se miraban unos a otros intentando hallar explicación a lo que pasaba, ninguno la encontraba pero todos se sentían felices de la presencia y del reencuentro. Algo  sucedía que afectaba a todos los nacidos en la villa  que los había llevado a reunirse, aunque ninguno supiera el porqué.

     La llegada de los “forasteros” corrió de boca en boca por la localidad y   sus pobladores, extrañados y curiosos, también se fueron  concentrando en la plaza tratando de  enterarse de lo que pasaba. Todos se sorprendieron al encontrarse con familiares que, en algunos casos, hacía mucho tiempo que no veían y que no habían avisado de la llegada. Aquella mañana, como ya dije, era muy rara. Tal aglomeración de gente se aglutinaba  que la plaza se quedó pequeña para albergarlos a todos y  poco a poco tuvieron que dispersarse  por otras  calles y plazas del pueblo. Incredulidad, extrañeza, el pedir explicaciones, el tú qué haces aquí sin avisar que venias, eran, después de abrazos y besos, lo primero que sentían y las  palabras que intercambiaban quienes se veían por primera vez. Nadie acertaba ni con la razón de la convocatoria ni  cual era la fuerza poderosa que los había llevado a estar en ese momento en ese lugar.

     Dos personajes muy leídos, que por su apariencia  parecían sacados de otra época, y que hacían el cotidiano paseo por la plaza,  admirados por la aglomeración de  gente comentaban: “le digo a usted don Gustavo que   aquí hay busilis. Oídlo”.

    Corrían las diez de la mañana, un coche se paró a la puerta del asilo de ancianos de la capital. Manolo, que ya estaba esperando, salió de la estancia y subió al vehículo. Su aspecto era muy distinto del que tenía cuando lo internaron en la institución. Aparecía  aseado, recién afeitado y la ropa, aunque no  de estreno, estaba limpia y en buen uso. Lo que no habían cambiado eran las manos, que seguían teniendo  la misma deformidad, causada por  la  actividad que había ejercido desde su ya muy lejana juventud, y que continuaba ejerciendo en el asilo desde el primer día de su internamiento, hacía más de diez años. Una vez aposentado en el asiento trasero del coche solo dijo: vámonos. Tampoco durante el trayecto hasta el pueblo la conversación fue fluida. Manolo,  parco  en palabras, y el conductor, que no tenía  información ni otro interés que el de recoger y llevar al viajero  hasta la  localidad de destino a la hora concertada y no sentía curiosidad en indagar sobre el asunto, hicieron que  el viaje fuera silencioso y tranquilo.

     Manolo  durante el recorrido,  meditaba sobre el tiempo que le tocó vivir y sobre la relación que tuvo con sus convecinos. Se sabía desabrido, áspero, casi insociable; cuantas veces había contestado a un saludo con aquello de: a ti te he de cantar los oficios; pero estaba seguro   del aprecio de la gente. Todos sabían que la manera en que se manifestaba era mera forma, que sus sentimientos hacia los demás eran de aprecio aunque los  expresara con gruñidos. Pero es que aquellos fueron malos tiempos, faltaba de todo y era muy difícil que la risa surgiera. ¡Cuantos días hubo de pasar con la media torta de pan que le daba el párroco, sin añadir otra cosa que el cuartillo de vino que formaba parte de la ofrenda en los cabos de año por los difuntos! Es verdad que los parroquianos cuando pasaban por su puerta en tiempos de recolección, le daban una voz: Manolo, toma esta cesta de patatas y unas hojas de berza. Y, por san Martín, cuando las matanzas: Manolo, sal, que te traigo una oreja y un cacho tocino para que  le eches al  caldo. También caía en sus manos alguna moneda cuando pasaba por las casas para avisar de por quien se celebraba  la misa del día siguiente. De eso no se podía quejar

     Porque, aunque no lo he dicho, Manolo había sido sacristán, hijo de sacristán, nieto de sacristán, descendiente de una saga de sacristanes. Toda su vida estuvo ligada a la parroquia y aunque, dependiendo de la esplendidez del párroco de turno,  algunos tiempos no fueron tan malos, su situación económica nunca pasó de la de mera supervivencia. Los mejores ratos del día eran los que pasaba en el campanario repicando. Como  disfrutaba  cuando los días grandes, los de botillo, competía con los sones que desde la campana de la torre del reloj daba  Chinito, y los mediodías de mayo, el mes de las flores, y durante el novenario y festividad de la Virgen de la Salud, cuando se pasaba casi una hora acariciando, más que golpeando con el badajo, las campanas del convento. Sabía que la gente que estaba trabajando en los campos  aprovechaba el tiempo del repique para hacer un descanso, secarse el sudor, refrescar la garganta con un trago de agua y deleitarse con sus repiques. También era verdad que alguna vez  le había corrido mejilla abajo alguna lágrima cuando, encordando, anunciaba la muerte de niños o niñas que él había visto correr a su alrededor.

     Dicen los gaiteros que para ser buen gaitero ha tenido que haber al menos tres generaciones en el oficio. Él  era  campanero, y la memoria no recordaba desde cuando sus antepasados lo habían sido, lo llevaba en los genes y nunca había pensado que podría haber hecho otra cosa. En los últimos años de sacristán ya no podía poner el misal en el atril, mandaba a los monaguillos que lo subieran al coro, lo colocaran y  lo abrieran por la página correspondiente a la liturgia del día. Los monaguillos, riéndose entre ellos, le cambiaban la página pero no sabían que eso a él le daba igual. Manolo también se reía para sus adentros; nadie sospechaba que era analfabeto y que, teniendo memorizadas todas las liturgias, por el tono en que el sacerdote entonaba el: “Introibo ad altare Dei”,  sabía cual era la epístola y el evangelio del día, o si tenía que cantar en llano o en gregoriano.

   Aprendió de sus antecesores a tocar las campanas, pero los superó a todos. Quienes  oían sus repiques, por su virtuosismo, le llamaban el Paganini de los campaneros. Ni los más viejos habían oído algo semejante. Y eso a Manolo  le llenaba de orgullo. Aunque  no exteriorizara las emociones,  en sus adentros  se sentía un artista.

Cuando  en el coche llegaron a la Villa, no entraron por la plaza. Manolo no quería que lo vieran; deseaba hacer las mismas cosas que hacía  antes de que lo llevaran al asilo y pasar desapercibido como entonces. Se metieron por las escuelas nuevas y siguiendo la calle la Bomba llegaron al Cuesto. Allí se apeó del coche, contempló su casa, la percibió demasiado deteriorada para el tiempo que había trascurrido desde su marcha. Decidió  no entrar en ella y se fue a sentar en el poyo de la casa que está enfrente del hospital, donde en tantas ocasiones se había  calentado al sol, con la  enorme  cabeza apoyada en las manos, esperando las horas de las actividades litúrgicas. Siguiendo el rito fue a la taberna que había enfrente  y, como  tantas veces, se sentó en el primer peldaño de la escalera que ascendía al  piso superior. Dijo:” María, ponme una jarrica que puede que  esta vez si sea la última”. La tabernera, sin aparentar emoción ni sorpresa, como si no hubiera transcurrido tiempo alguno desde la vez anterior, le dio el acostumbrado medio cuartillo de vino. Manolo lo bebió con parsimonia, saboreándolo con fruición como lo había hecho siempre. Tenía el tiempo medido, sabía exactamente cuanto necesitaba para hacer el recorrido hasta la iglesia. Le  dijo adiós a María; salió de la taberna; cerró la puerta. Eran las once y media.

     Accedió al convento por la calle los Labradores sin que nadie lo viera; gateó  al campanario por la  granítica escalera de caracol; contempló el paisaje tantas veces visto;  colocó los pies sobre las huellas que habían horadado en el granito las pisadas de tantos años;  asió la soga que pendía del badajo de la campana grande con la mano derecha y la de la  mediana con la izquierda. Apoyó la cabeza en la pilastra que separa los vanos campaniles y  cuando exactamente el sol dio perpendicular al canto sur de la espadaña, Manolo, al mismo tiempo que  el reloj de la plaza, hizo sonar la primera campanada. Eran justo las doce.

    “Tin tan,    tarantán, tan, tan,  tararantán tarán tarán,  trán, trán, trán.  Molinera molinera molinera tan tan tan”. Acordes, florilegios, arpegios, armonías, maravillosos sones surgían de las campanas del convento, tañidas por las manos mas prodigiosas que repicaron en campanario alguno. Eran Pau Casals y Sarasate al unísono pasando sus arcos por las campanas gorda y mediana. Asombrosas melodías rompían el aire de la villa aquella luminosa mañana de mayo.

     Todas las cabezas ya desde los primeros sones, como en un ritual,  lentamente al unísono, se volvieron en dirección a la espadaña del convento. Al cabo de unos segundos  el enorme gentío que se había dispersado por las calles, se fue concentrando en las inmediaciones  de la iglesia  sentándose  en el suelo. Nadie hablaba, nadie se movía. Todos, como si un fuerte imán los atrajera, sólo tenían ojos y oídos para gozar del maravilloso concierto que Manolo, como intérprete único, ejecutaba desde la altura del campanario. Nadie se acuerda de lo que duró el repique. Sólo se sabe  que fue para los que lo disfrutaron  un tiempo de embelesamiento, de éxtasis, de embriaguez, de hechizo, sumidos todos en los recovecos de la memoria donde, desde siempre, pero sin poder materializarlos, se repetían aquellos sones  cuando evocaban a su pueblo. Y ya todos comprendieron el porqué de su concentración aquel día en la Villa. 

     A Manolo no lo vio nadie descender del campanario, su figura se fundió en el sonido de las campanas y, trepando por la espadaña, se incorporó al sitio donde intemporalmente permanecen imágenes y sonidos.  

     Aquella fue la última vez que las viejas campanas del convento repicaron,  nadie se atrevió nunca a romper el hechizo. Al poco tiempo  verdearon de cardenillo, se agrietaron, los cabeceros se pudrieron, se cayeron del campanario. Se suicidaron.

     Todavía hoy se pueden ver las señales que  de la caída dejaron  las campanas  en la granítica balaustrada de la espadaña.

 

 Jesús Barros

 

 

 



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15AGO2012

FIESTAS PATRONALES LA ASUNCIÓN Y SAN ROQUE 2012

Reportajes fotográficos.

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DIA 15

 

VAQUILLAS DIA 15

 

Dia 16 San Roque

 

Zacarias busca novia

 

VAQUILLAS DÍA 17

 

CARRETONES 

 

III ENCUENTRO DE GIGANTILLAS

 

RUTA DEL CONTRABADO



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14AGO2012

GIGANTILLAS 2012

Presentación en sociedad de Don Tratado y Doña Concordia, en la fiestas patronales.

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04JUL2011

Fotos v. la salud

Enlace a fotografías de La Salud

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Disponibles hasta el 31 de julio de 2011



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25JUN2011

Fotografias para el recuerdo

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22JUN2010

Visita

Plano interactivo

Realizado por el Departamento de Geografía e Historia del Instituto de Bachillerato y Enseñanza Secundaria Obligatoria Aliste, bajo la coordinación de la profesora María Invención Riesco Pozo (21/06/2010)



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21JUN2010

Fotografias para el recuerdo





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01MAY2010

Fotografias para el recuerdo



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25MAR2010

Fotografias para el recuerdo



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